Ahí viene Juan Pueblo

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Aun cuando la incertidumbre obliga a la prudencia, esta temporada de campañas deja lecciones que ya pueden comenzar a enumerarse.

Una enseñanza general es que no existe una fórmula para ganar y que la otrora invencible maquinaria electoral del PRI resulta insuficiente.

Diva Gastélum, al frente de la recién creada secretaría para entidades que gobierna la oposición, compartía hace unas semanas su diagnóstico con Excélsior:

“Los políticos hemos entendido que si te arreglas arriba, todo listo. Pero ya no es así. Eso era antes: ‘Éste es el candidato y usted se alinea’, decíamos. Y no, la militancia decide. Cuando no está de acuerdo con el candidato, no lo dice: pero baja los brazos, simula”, admitía la senadora priista.

La contraparte de la operación partidista que todo lo podía, es que en la actual disputa del voto, el candidato cuenta y mucho.

Sucedió con Jaime Rodríguez Calderón, quien ganó la primera gubernatura independiente de Nuevo León en 2015.

A dos años de aquella experiencia, podemos sugerir que la alternativa funciona sólo si existe un muy buen candidato como lo fue El Bronco.

¿Pero qué significa ser un buen candidato, en un momento de descrédito de los partidos tradicionales?

Significa ser un hombre o una mujer creíbles, efectivos en su comunicación con la gente, portadores de una biografía que consiga la confianza de los segmentos que se asumen agraviados por los privilegios de la clase política, en una sociedad de contrastes extremos.

Ser un buen candidato ahora implica saber andar en las calles y dialogar con los potenciales votantes sin montajes prestablecidos; bromear, improvisar y reaccionar, más allá de los asesores de imagen.

Para demostrar autenticidad se necesita arraigo territorial y encabezar una campaña con mítines que emocionen a las plazas públicas, entrevistas duras en los medios y, sobre todo, intercambios sin acordeón con ciudadanos ajenos a la grilla y al coyotaje de las clientelas partidistas.

Eso es lo que, en el caso del Estado de México, lograron conseguir dos aspirantes a la gubernatura que hace un año sólo eran conocidos en el entorno donde fueron alcaldes: Delfina Gómez en Texcoco y Juan Zepeda en Nezahualcóyotl.

Si bien la candidata de Morena tuvo la ventaja de hacer campaña con Andrés Manuel López Obrador, el presidenciable mejor posicionado, hay que reconocer que ella tiene un estilo propio, afín a su trayectoria magisterial, y ajeno a la rijosidad del líder del partido.

Porque Delfina Gómez se comunica como la maestra y directora de la escuela primaria pública que fue durante 35 años.

Lo conseguido por Juan Zepeda es todavía más significativo porque entró tarde a la contienda y cuando la percepción de capacidad de competencia del PRD no llega a los dos dígitos a nivel nacional.

Último en sumarse a la contienda y bajo la sospecha de que su grupo político hizo arreglos con el PRI para quitarle votos a Morena, el perredista supo colarse a la pelea como el hijo de la generación que nació en Neza, un hombre de barrio capaz de impugnar a AMLO, el político con más tablas en eso que él mismo definió hace 12 años como “hacer campaña a ras de tierra”.

En una jugada riesgosa, Juan Zepeda capitalizó el ultimátum que López Obrador le lanzó al PRD para que declinara a favor de Delfina, convirtiendo la respuesta del no en una crítica al discurso de la mafia del poder que ondea el presidenciable.

Aunque el reto de los contendientes de oposición ha sido demostrar quién puede ganarle al PRI, el perredista encontró en el cuestionamiento a AMLO la posibilidad de proyectarse como un luchador dispuesto a subirse al ring.

Eso mismo ha hecho en su primer año de gestión el panista Miguel Ángel Yunes, gobernador de Veracruz: confrontarse con el líder de Morena, partido que podría convertirse en la segunda fuerza en los comicios municipales de este domingo.

En 2016, como candidato de la alianza PAN-PRD, Yunes siguió el patrón que se aplicó en Chihuahua, Quintana Roo y Durango: prometer cárcel contra el gobierno saliente como parte de una limpia anticorrupción.

Ése es el esquema que se tomó en Nayarit con Antonio Echevarría (PAN-PRD) y en Coahuila, donde aún es una incógnita si el panista Guillermo Anaya supo convencer de que podrá castigar al exgobernador Humberto Moreira y a su hermano Rubén Moreira, actual mandatario estatal, políticos que en su momento fueron populares.

La duda en el Estado de México es si la apuesta de la fragmentación de la oferta opositora le alcanzará al PRI con Alfredo del Mazo, cuyo triunfo parece depender de la capacidad de Juan Zepeda para quitarle votos a Delfina.

Por lo pronto, las candidaturas mexiquenses de Morena y PRD obligan a preguntarnos quiénes tendrían el arrastre y el dominio escénico necesarios para competir con el presidenciable ya definido, López Obrador: ¿Miguel Osorio, Eruviel Ávila, José Narro, Margarita Zavala, Ricardo Anaya, Rafael Moreno, Miguel Mancera?

Lo sucedido con Josefina Vázquez Mota, abanderada del PAN en Edomex, revela que el reconocimiento social de un político o funcionario público no se traduce en éxito electoral.

Lo que nos está revelando 2017 es que Juan Pueblo aprecia a los candidatos que se le parecen y que se atreven a desafiar al poder o a los políticos de siempre.

Vía Excélsior/Ivonne Melgar