Empezó como 'el Grupo de la Biblioteca', cuando el secretario del Tesoro de EEUU, George Shultz, propuso a los ministros de Finanzas de Alemania Occidental, Francia, y Gran Bretaña -Helmut Schmidt, Valéry Giscard d'Estaing, y Anthony Barber, respectivamente- reunirse, de manera improvisada e informal, en la Biblioteca del Congreso de EEUU el 25 de marzo de 1973.

Ése fue el embrión del G-7, el grupo más influyente y efectivo de la política y la economía mundial, que se constituiría formalmente en 1975. Un grupo que ahora Donald Trump y sus asesores han puesto en peligro con su decisión de 'retirarse' del comunicado final -a pesar de que éste era un texto de mínimos que no decía realmente nada- y sus inusitados ataques verbales contra los demás miembros y, en particular, contra el primer ministro canadiense y anfitrión de la última cumbre, Justin Trudeau.

Es un cambio radical en la política de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial: crear organizaciones con sus aliados que actúen como multiplicadores del poder de Washington. Como explica Sebastian Mallaby, del Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU, el 'think tank' de más peso en política internacional en ese país, "el problema no es el G-7, sino la actitud general de Estados Unidos hacia el sistema internacional".

La decisión de Trump de llegar tarde a la cumbre e irse antes de que ésta concluyera, y de poner de vuelta y media en privado a todos los demás líderes en las reuniones a puerta cerrada -según ha trascendido en las últimas horas-, y en público a Emmanuel Macron y a Justin Trudeau es un cambio radical. Sobre todo, porque procede del país que ha sido el líder y defensor incuestionable del G-7: EEUU. En 2012, Barack Obama llegó a cambiar la sede de la cumbre del G-7 a las afueras de Washington, para que ésta no coincidiera con la cumbre de la OTAN en Chicago, que se celebraba dos días después, y evitar así distracciones. Precisamente, Vladimir Putin no asistió a esa cumbre alegando que estaba "ocupado", acaso por la proximidad del G-7 con la reunión de la OTAN.

Es cierto que las cumbres del G-7 no son una fiesta de cumpleaños. A principios de los ochenta, estuvieron marcadas por las tremendas tensiones entre EEUU, y su política de dureza con respecto a la URSS, y los europeos, que querían más apaciguamiento. En 2003 y 2005, la Guerra de Irak, que había enfrentado a EEUU con Francia y Alemania, dio un toque glacial al encuentro. Y en 2010 y 2013, Obama trató, sin éxito, de convencer a Angela Merkel de que flexibilizara su intransigencia con los países europeos en crisis, mientras trataba de tranquilizar a una histérica canciller que, gracias a las revelaciones de WikiLeaks, había descubierto que EEUU le había pinchado el teléfono.

Pero nunca se había visto nada como lo de este fin de semana. El G-7 ha sido puesto en cuestión por el país que más ha hecho porque ese grupo exista y tenga relevancia. Y, a su vez, eso ha dinamitado la confianza en el sistema. Como explica Jakob Funk Kierkegaard, del 'think tank' Instituto Peterson para la Economía Internacional, "este G-7 ha mostrado la resignación que existe entre los demás líderes del grupo: es imposible negociar con el presidente de EEUU, y que el único lenguaje que Donald Trump entiende es el de la fuerza".

Un G-7 irrelevante tendría un impacto en la política y la economía mundiales. Porque este grupo, con su modelo de encuentros semi informales, ha conseguido logros muy concretos en su casi medio siglo de Historia: la apreciación del yen y del marco alemán en 1985, la condonación de la deuda externa de los países más pobres del mundo en 1997, o la creación del Comité de Estabilidad Financiera de Basilea, en 1999. Ahora, todo eso puede pertenecer al pasado.

Otros grupos similares, como el G-20, que incluye a las grandes economías emergentes, son demasiado grandes para ser efectivos. A las organizaciones formales -la ONU, la OSCE, o el FMI- les pasa lo mismo, con el agravante de que tienen unas cartas fundacionales que limitan su libertad de acción. El G-7, no. Es muy flexible, y sus países miembros comparten el compromiso con la democracia liberal y el libre mercado.

O lo compartían. Porque, en la desintegración de Occidente de los últimos dos años nos resultaría imposible imaginar que la UE entró en el G-7 a invitación de, precisamente, Gran Bretaña. O que Alemania fue uno de los que más hizo para que Canadá estuviera presente -precisamente, cuando Pierre Trudeau, el padre del actual primer ministro, Justin Trudeau, dirigía el Gobierno de ese país-. O que EEUU invitó a Japón al grupo. Y que Gran Bretaña y EEUU fueron los que llevaron a Rusia al G-7, primero como observadora y, a partir de 1997, como miembro de pleno derecho, a pesar de que ese país no tiene el peso económico necesario para estar en el grupo. Todo eso, ahora, está en serio peligro. Tal vez nadie se fije mucho en el G-7, pero hay pocas dudas de que, si ese grupo deja de existir o de ser efectivo, lo echaremos de menos.

 

Con información de El Mundo