¿Cuándo veremos a un actor político consciente de que se requiere su presencia en la arena solo una vez?

Editorial Areópago / Febrero 2018.- La novela preelectoral en Chiapas ha dado mucho de qué hablar dentro y fuera del estado. Al calor de los acuerdos y desacuerdos, de los dimes y diretes, hemos sido testigos de toda una batería de prácticas que, aunque ya vivimos “otros tiempos” en la entidad se siguen llevando a cabo a plena luz del día. La provincia aflora cuando estos temas harto espinosos vuelven a estar sobre la mesa. El acarreo, el pago de prebendas, las promesas entregadas a destajo dependiendo del cliente que quiera tragarse el cuento, son moneda corriente desde que esta primera parte del proceso iniciara en enero.

Dicen los que saben que la economía del idioma es vital para generar mensajes efectivos. En este sentido, podríamos aventurarnos a definir este periodo con una sola palabra: incertidumbre, ese aire enrarecido que invita a pensar que cualquier cosa podría pasar, que la jugada cambiará en un brevísimo lapso de tiempo. Incertidumbre que deja ver que la clase política en turno no tiene la intención de escuchar las quejas constantes de sus gobernados. Que el juego ya está en otra cancha y que lo prometido en las anteriores campañas, ahora será planteado y vendido con otro celofán, aunque en esencia sea lo mismo.

Tal parece que realmente no se cumplen periodos sexenales y trienales, sino que los que llegan a la grande solo sacan la ropa de las maletas por un breve espacio de tiempo, pensando ya en aplicar el chapulinazo y ocupar otro espacio de “elección popular”. Ellos, los de arriba, en este momento están más preocupados por saber quién va a ocupar la del águila ya sea en el Congreso de La Unión, en Los Pinos, o, hablando de Chiapas, la residencia oficial de El Mirador de la capital coneja.

¿Cuándo veremos a un actor político consciente de que se requiere su presencia en la arena solo una vez? Sin embargo, el que llega a saborear las mieles del poder tiene la intención de perpetuarse porque, allá afuera y sin fuero, la realidad es cruda y vil. Y nadie quiere eso.

Es el pueblo, por supuesto, el más afectado en todo este jaloneo enamoraticio que aún empieza y ha dejado los sinsabores de siempre. No importan los colores. Al final del día, los actores que ya conocen la naturaleza errática del tablero político, sabrán para dónde acomodar la veleta y aplicar un golpe de timón que les permita navegar en aguas más tranquilas o bien, entrar a la tormenta, atendiendo la sabia consigna de “río revuelto, ganancia de pescadores”.

¿Por qué en este escarceo fatigoso de las precampañas, nadie se ha aventado el paquete de proponer algo concreto y sólo hablar desde lo que los asesores observan como “políticamente correcto”? ¿Por qué este jaloneo no permite entrever que la clase política realmente tiene algo que aportar al desarrollo del estado, y no sólo sea posible observar que brillan ya los codiciosos ojos ante la posible fortuna?

Peores cosas se verán, dice la Biblia. ¿Qué sorpresa nos depara este proceso electoral, considerado el más costoso de la historia de México? ¿Habrá rumbo para Chiapas?